Por: Nancy Gramigna
Desde La 30 Digital conversamos con el obispo de Chascomús, Juan Ignacio Liébana, quien compartió su historia, su experiencia misionera y reflexiones sobre distintos temas que atraviesan hoy a la Iglesia y la sociedad.
—Hoy se habla mucho de la vocación como “llamado”. ¿En tu caso fue una certeza clara o un proceso lleno de dudas y tensiones?
La verdad es que mi historia vocacional es bastante llana, sencilla, simple, porque fue desde muy chico. Sentí un llamado muy fuerte, una inclinación, un deseo de que por ahí pasaba mi realización: vivir al servicio de los demás como sacerdote.
Entonces fue como una certeza que siempre se presentó con mucha claridad. En estos 22 años que voy a cumplir de sacerdote en noviembre, la verdad es que dudas sobre mi vocación, sobre si esto era lo mío, nunca tuve. Gracias a Dios, no por mérito personal, sino como un regalo, siempre sentí que esto era lo mío, que estaba hecho para esto, que nací para esto.
Siento que, si volviera a nacer, volvería a elegir lo mismo, porque me brota espontáneamente. Por eso me siento muy realizado, muy feliz. A pesar de las dificultades que a veces aparecen, lo vivo como algo que fluye muy bien, porque siento que estoy como pez en el agua.
—Elegir el sacerdocio implica renuncias fuertes. ¿Qué fue lo más difícil que tuviste que dejar atrás?
Sí, la familia, ¿no? Formar una familia, tener mujer y tener hijos propios. Podría decir que eso es lo más fuerte. Los hijos también siento que es algo muy profundo.
Lo vivo con alegría y con mucha paz, pero bueno, también reconozco que, si no fuera cura, si por alguna circunstancia no se me hubiera dado esta vocación, creo que tendría una familia hermosa, con muchos hijos, porque me gustan mucho los chicos.
Así que sí, por momentos fue una renuncia fuerte, esto de no tener una compañera. Pero es una opción, una elección. De hecho, si alguna vez el celibato fuera optativo, creo que lo volvería a elegir, porque me doy cuenta de que me da una disponibilidad mucho más grande.
Me permite disponer del tiempo y del corazón de otra manera, no atado a un grupo reducido como una familia, sino abierto a la inmensidad, a donde Dios me lleve y disponga que entregue mi vida o mi amor.
—Gran parte de tu vida pastoral se desarrolló en Santiago del Estero. ¿Qué significó esa etapa en tu vida?
En concreto fueron 15 años. Yo creo que fueron años muy, muy felices. De hecho, lo que más me costó fue venir para acá.
Si bien yo lo elegí, porque te dan la posibilidad de decir que no, y eso está bueno, saber que en esto no hay letra chica —yo sabía lo que implicaba ser obispo—, soltar 15 años en Santiago del Estero fue difícil.
Tenía un modo de vivir la fe muy lindo, con mucha necesidad, pero muy encariñado con la gente. Esto de conocer todos los recovecos de la parroquia… eran 30 comunidades en el campo y cinco capillas en la ciudad donde vivía.
Tenía una vida muy ajetreada, muy movida, pero también serena. El conocer la gente, los caminos, las historias… y dejar todo ese cariño del santiagueño, que es muy de encariñarse. El interior tiene eso tan lindo: al principio cuesta, pero cuando te conocen, te reciben y te aceptan.
Como dice el dicho, “Santiago no tiene riendas, pero ata”. Y la verdad que eso me costó mucho.
Sin embargo, acá enseguida me adoptaron. Me sentí muy bien recibido en la diócesis y en mi nuevo rol. Porque no fue solo cambiar de lugar, sino también de misión. La misión del obispo tiene otras responsabilidades, otros compromisos: no es una sola comunidad, sino muchas.
—Durante tu trabajo misionero en Santiago del Estero, ¿en qué consistía concretamente tu tarea pastoral y cómo era el día a día en esas comunidades?
Yo estuve en Santiago del Estero en dos parroquias. La primera fue durante nueve años en Santos Lugares, que era un paraje rural, más chico que un pueblo, con casas dispersas, no todas juntas.
Había 55 comunidades en el campo, así que yo estaba mucho tiempo afuera. Mi día empezaba temprano: me levantaba, rezaba y después iba, por ejemplo, a una escuela rural. Ya había avisado al maestro o al director. Las escuelas, tienen muy buen vínculo con la Iglesia, así que siempre teníamos las puertas abiertas.
Ese día se suspendían las clases. Son escuelas plurigrado, con varios niveles juntos. Yo llegaba, tocaba la guitarra con los chicos, cantábamos, daba algo de catequesis, celebrábamos la misa y después compartíamos un almuerzo. Me quedaba con los chicos y las familias, y luego por la tarde hacía lo mismo en alguna capilla de otra comunidad.
Era un trabajo muy itinerante: recorrer, llegar a las comunidades, visitar casas. Trataba de que cada comunidad tuviera un animador o animadora, alguien que abriera la capilla, diera catequesis y avisara cuándo había misa.
Teníamos una radio parroquial, una FM que escuchaban todos, y por ahí sabían por dónde iba a andar.
Después estuve seis años en otra parroquia, que tenía una ciudad de unos 15.000 habitantes, como Maipú, y además 30 comunidades rurales. La ciudad demandaba más, sobre todo los fines de semana con las misas, y en la semana trataba de salir al campo.
Era un trabajo de visitar familias, enfermos, llegar a cada casa, invitar a la misa. En esas comunidades hay dos momentos muy importantes: las fiestas patronales y cuando muere alguien.
Las patronales son muy lindas: se hace la novena, la procesión, todo el pueblo participa. Y cuando fallece alguien, se pide mucho la presencia del sacerdote: en el momento, a los nueve días y al año.
Muchas misas eran por difuntos, pero con mucha participación. A pesar del dolor, era un momento de encuentro.
Yo no iba y me volvía enseguida. Me quedaba, compartía. A veces ponía una misa a la mañana y otra a la tarde. Llegaba temprano, pero la gente iba llegando de a poco. Se armaba como un encuentro: llevaban pan, mate…
Como yo iba cada dos o tres meses, esas visitas eran muy valiosas. La gente dejaba todo para ir. Y eso es muy lindo: el deseo de encontrarse, de juntarse.
No se puede ir apurado. La gente tiene sus tiempos: atender los animales, darles de comer, cerrar el corral, organizar la casa. No es solo cerrar la puerta e irse.
Por eso los horarios eran flexibles, pero el encuentro era muy profundo.
—¿Cómo viviste el momento en que recibiste el nombramiento como obispo?
Primero, con una gran sorpresa. La verdad es que fue un 18 de diciembre. Suena el teléfono, me llama el secretario del nuncio —que es el delegado del Papa en el país— diciéndome que quería hablar conmigo.
Yo ya imaginé que venía por el lado de que podía ser que me hayan elegido obispo. Entonces llamé a mi director espiritual, el sacerdote que me acompaña, y le dije: “Me llamó el nuncio, no sé qué hacer”. Me dijo: “Recibí el llamado y después vemos qué te propone”.
Cuando me vuelve a llamar, me dice que el Papa Francisco me había elegido para ser obispo de Chascomús. Me dio mucha sorpresa, porque no sabía que Chascomús estaba sin obispo. Después me enteré que el anterior ya había cumplido la edad para jubilarse, que son los 75 años.
No conocía nada, así que le pedí si me podía tomar un tiempo para pensarlo y rezarlo. Me dijo que sí, pero que no lo podía hablar con nadie, salvo con el sacerdote con el que me confieso, mi director espiritual.
Entonces hice como una tablita de los “pro” y los “contras”, tratando de ver por qué decir que sí y por qué decir que no. Lo hice en un ámbito de oración: me tomé una tarde y una mañana para pensarlo tranquilo. Justo ese día, providencialmente, no tenía misa fuera, así que pude dedicarle todo ese tiempo.
La verdad es que eran muchas emociones encontradas. Por un lado, la sorpresa de que el Papa haya pensado en mí, no tanto por mi persona, sino por mi función: un cura misionero en Santiago del Estero, con un estilo muy marcado. Sentí que ese estilo, de alguna manera, el Papa lo quería para una diócesis en la provincia de Buenos Aires.
Eso me asombró mucho. Yo me hubiera imaginado una diócesis del interior, como Chaco o Formosa, pero nunca algo como esto, una zona más diversa, incluso con una parte turística.
Así que lo recé y fui viendo que las razones que me hacían quedarme en Santiago eran muy humanas: estaba acostumbrado, estaba bien, era mi zona de confort. Y sentí como un llamado de Dios a ser generoso, a elegir algo que no fuera lo más cómodo.
Ser obispo implicaba más responsabilidad, una carga más grande. Yo estaba bien donde estaba, no quería otra cosa, pero sentí en la fe que, si Dios me necesitaba acá, tenía que ser disponible. Como una invitación a salir de lo cómodo y empezar un camino nuevo.
Yo decía: no sé de qué se trata ser obispo, pero si Dios me lo pide, por algo es. Si el Papa también me lo pide, algo vio en mí que puedo aportar. Y también pensaba que la diócesis merece un obispo misionero, con ganas, con empuje.
Sentía que Santiago había sido mi gran escuela, y que todo lo aprendido lo podía volcar acá.
Y también con una enorme confianza: que, si yo decía que sí, Dios no me iba a dejar solo. Que no iba a ser una misión imposible, sino algo en lo que iba a poder hacer el bien.
Así que, con mucha confianza, dije que sí.
La reacción de la gente fue muy linda. Por un lado, dolor, porque se habían encariñado mucho. Pero también orgullo: me decían que era un orgullo que alguien de ahí fuera elegido, que el Papa haya mirado para esos lugares. Eso me lo repitieron muchísimo.
Algunos me decían: “Padre, lo ascendieron”. Y yo les decía: “Sí, como a Jesús en la cruz”. Porque también tiene su parte más exigente: decisiones difíciles, responsabilidades, cuestiones administrativas. Uno pasa a ser el último responsable, y eso no siempre es fácil.
Pero sabía que Dios me lo pedía y que me iba a dar la fuerza.
Al día siguiente llamé al nuncio y le dije que aceptaba. Después fue un proceso largo: eso fue el 19 de diciembre y recién se hizo público el 9 de enero. Durante ese tiempo no podía decir nada, pero sirvió para ir preparando todo.
Pude hablar con el obispo anterior, organizar la transición, despedirme de la gente. A fines de febrero hice la mudanza y el 3 de marzo fue la ordenación episcopal.
—¿Qué cambió en tu manera de vivir la fe y el servicio al asumir este rol?
Bueno, más responsabilidad, ¿no? De repente, los sacerdotes que antes eran mis pares, ahora dependen de mí. Eso implica mirar un territorio mucho más extenso.
También están los colegios que dependen del obispado, la parte administrativa… son otras responsabilidades. Es como ser padre de una familia más grande: antes de una comunidad, ahora de una mucho más amplia, con 27 parroquias. Es como que se me agrandó la familia.
Eso también implica estar más atento a las decisiones. Antes de tomar una decisión, hay que pensarlo más. También preparar con más esmero las homilías: no es lo mismo la palabra del sacerdote que la palabra del obispo.
En algunas cosas también implica cuidarme un poco más, sin dejar de ser yo mismo. Antes, como cura, por ahí era un poco más relajado, y ahora uno sabe que ocupa otro lugar.
También cambió la relación con el mundo civil. Antes era con algún delegado municipal en lugares chicos; ahora es con intendentes, con autoridades, participar en actos… Hay toda una relación distinta en ese sentido.
Y también está esta mirada más amplia de la diócesis como un todo, como una gran familia. Estar atento a que todas las áreas —Cáritas, pastoral social, las distintas pastorales— estén presentes, tratar de aunar criterios, de que haya unidad.
Lo que antes vivía en la parroquia, en lo micro, ahora lo vivo en lo macro. Pero no es que cambió algo totalmente distinto: lo que uno vive en lo pequeño, lo vive en lo grande.
Creo que Dios me fue preparando para este paso. Ya había tenido parroquias grandes, con muchas comunidades. También tenía el santuario de la Virgen de Huachana, que implicaba organizar una fiesta muy importante.
Ahí iban alrededor de 450 mil fieles, casi medio millón de personas, así que era una movida enorme. Yo estaba muy involucrado en la organización y en la logística, lo que también me ayudó a entrenarme en el diálogo con el mundo civil.
—En lugares como Maipú, donde no hay sacerdote estable, ¿qué importancia le das a esa presencia itinerante?
Me parece que, frente a estas situaciones donde una comunidad se queda sin sacerdote, es muy importante la paternidad del obispo: poder estar cerca, acompañarlos en la organización de la parroquia, que no se sientan solos ni abandonados, y seguir manteniendo el afecto.
Entonces, para mí es prioritario. Es como quien dice atender a un hijo que necesita más atención. No porque Maipú esté “enfermo”, por favor que no se malinterprete, sino porque se quedaron sin un pastor estable, y eso hace que falte todo lo que implica tener un sacerdote viviendo en la comunidad, como por ejemplo las misas diarias.
Por eso me lo tomé muy a pecho, para que tengan su acompañamiento. Y, a la vez, no buscar un sacerdote hasta que sea alguien que realmente se pueda quedar, que tenga cierta estabilidad, sobre todo por las experiencias anteriores.
También, mirándolo desde mi lugar, me ayuda tener una comunidad a la que pueda acompañar más de cerca. Si bien tengo toda la diócesis, esto me acerca un poco a lo que vivía como párroco, cuando tenía un grupo más cercano de personas.
Como obispo me vinculo con mucha gente, pero no con la frecuencia que tenía antes. En cambio, cuando vengo a Maipú —que vengo bastante seguido— se genera un vínculo más cercano.
Para mí es acompañar la fe y, a la vez, ser testigo de cómo la comunidad se ha organizado tan bien. La madurez del laicado en Maipú, cómo han sostenido la parroquia: la secretaría, la atención a los enfermos, las celebraciones, la catequesis…
La verdad que eso es un ejemplo para el resto de la diócesis.
—Fuera del rol pastoral, ¿qué cosas te ayudan a desconectar o reencontrarte con vos mismo?
La verdad es que disfruto mucho toda la pastoral, así que no siento que me pierdo a mí mismo cuando estoy con la gente. Al contrario, me retroalimenta. No es que me desgaste y después necesite desconectarme: siento que eso me conecta con lo mejor de mí.
Si bien puede haber un cansancio físico, por tener una agenda más apretada, disfruto mucho esos momentos de encuentro con la gente.
Fuera de eso, me gusta mucho leer, rezar y también estar en la naturaleza. Los viajes los disfruto mucho. Generalmente no escucho música, sino que voy en silencio, rezando, pensando, hablando con Dios, compartiendo las resonancias de lo que voy viviendo día a día, que suele ser muy intenso.
Eso me ayuda a tomar buenas decisiones. El silencio me ayuda muchísimo, al igual que el contacto con la naturaleza, con el verde.
También me gusta la música, pero sobre todo la lectura. Siempre llevo dos o tres libros en la mochila y aprovecho cualquier momento libre para leer.
A veces también escribo. Me gusta mucho escribir, me ayuda a desconectar y a poner en palabras lo que voy reflexionando. Después lo comparto, por ejemplo, en Facebook. Me hace bien compartir esas reflexiones que nacen del contacto con la gente y de la vida pastoral.
—En Maipú hemos tenido presencia de sacerdotes, pero no de manera estable. ¿Existe la posibilidad de que en algún momento la comunidad vuelva a contar con un sacerdote permanente?
Sí, sí, por supuesto. Creo que algo de esto ya lo mencionaba antes. La idea es que la comunidad tenga su pastor, su párroco.
Lo que pasa es que no quiero elegir un parche. Eso se lo dije a la gente: no quiero poner a alguien que en unos meses tenga que irse, sino que quien venga pueda quedarse un buen tiempo, con cierta estabilidad.
Seguramente, cuando llegue alguien, primero estará unos meses, probará, verá si se adapta, si le gusta. Y bueno, por ahora no hemos encontrado a esa persona.
Pero confiamos y estamos rezando mucho para que Dios nos envíe el pastor que hoy Maipú necesita.
Y no solo Maipú, sino también las comunidades de Las Armas, La Barden, Guido y Santo Domingo, que forman parte de esta parroquia. Todos están rezando por lo mismo: que llegue un pastor según el corazón de Dios.
—Hoy muchos jóvenes atraviesan problemáticas muy complejas como la ansiedad, la soledad o el impacto de las redes sociales. Desde tu mirada, ¿qué es lo que más te preocupa de esta realidad?
Muy buena pregunta. La verdad que me preocupa mucho la soledad de los jóvenes, que los adultos no les demos bolilla, que no estemos con ellos. El joven necesita que estemos presentes.
Yo lo veo en las parroquias: necesitan un lugar donde estar, donde ser ellos mismos, donde incluso puedan “perder el tiempo”. A veces están juntos, cada uno con su celular, pero es una forma de compartir.
Lo que preocupa es la falta de empatía de los adultos: que no los valoren, que no les pregunten cómo están, que no los feliciten por lo que hacen bien, que no sintonicen con sus sueños o con sus dolores. Eso hace que un joven pueda estar rodeado de personas y, sin embargo, sentirse solo emocionalmente.
Lo que necesitamos son adultos que se comprometan emocionalmente con los jóvenes, que sintonicen con ellos. A veces no es tanto la cantidad de tiempo que se comparte, sino la calidad.
Y algo que también me preocupa es que muchas veces descargamos la problemática de los jóvenes solo en los profesionales. Frente a una dificultad, enseguida pensamos en el psicólogo. Y los profesionales ayudan mucho, son muy importantes, pero no podemos desligarnos de nuestra responsabilidad.
Porque eso sería como lavarnos las manos y decir “que lo resuelva otro”. Y en realidad, el desafío es sentarse, escuchar, dar espacio.
No tirar la pelota afuera, sino hacernos cargo.
Eso es lo que más me preocupa: que muchas veces los dejamos muy solos. Y eso duele.
Lo que más me preocupa es la soledad de los jóvenes, la falta de acompañamiento de referentes adultos. A veces los padres están, pero también están metidos en sus propias preocupaciones, angustias y dolores, y eso genera una gran soledad en el joven.
Por eso es tan importante acompañarlos. Después aparecen todas esas problemáticas que mencionabas: ansiedad, trastornos, cuestiones alimentarias, el juego, las adicciones… pero en realidad son síntomas de algo más profundo.
El joven está sufriendo, tiene dolor. Y muchas veces las adicciones —el alcohol, la droga, el juego— son una forma de escapar de ese dolor, de esa angustia, de esa sensación de no poder, de fracasar, de no encontrar un camino.
Entonces, en el fondo, muchas de esas conductas son producto de esa soledad y de esa angustia que viven los jóvenes.
—El espacio de Gándara, que estaba prácticamente abandonado, hoy volvió a tener vida. ¿Cómo nació la iniciativa de recuperarlo y qué los impulsó a llevar adelante este proyecto?
La verdad que cuando llegué, el monseñor Carlos Malfa me dijo: “Te dejo un elefante blanco”. Era un edificio que él no había podido sostener.
Al poco tiempo fui a conocer Gándara y cuando llegué, ver todo tan abandonado y vandalizado me dio mucha tristeza. El edificio en sí no me llamó tanto la atención, pero sí tuve una certeza muy fuerte desde el primer momento: este lugar no lo podemos regalar ni desperdiciar.
Más que la casa, me impactó el parque, ese pulmón verde. Pensé que no podíamos seguir alquilando casas de retiro teniendo un lugar propio para encuentros, jornadas, retiros.
Pero también entendí que, si era solo algo espiritual, tal vez no iba a convocar tanto. Entonces pensé que tenía que tener una dimensión solidaria, algo concreto que ayudara a la sociedad.
Ahí surgió la idea de un espacio de recuperación de adicciones, que además permitiera que el lugar estuviera habitado todo el año.
Después se dieron muchas coincidencias. A través de mi mamá, apareció el contacto con una comunidad del cenáculo, que trabaja con jóvenes en recuperación. Justamente ellos soñaban con abrir un espacio en Gándara.
Entonces decidimos avanzar. Hicimos una primera jornada para limpiar, tomar posesión del lugar. El 17 de junio de 2024, que era feriado, vinieron 200 personas. Ahí me di cuenta de que esto iba en serio.
La gente tenía un vínculo muy fuerte con Gándara. Muchos me contaban que ahí habían hecho retiros, que habían encontrado a Dios, que era un lugar muy significativo en sus vidas.
Las jornadas fueron creciendo. Se generó algo muy lindo: familias enteras participando, algunos trabajando, otros rezando el rosario. Era una mezcla de trabajo y oración, algo muy comunitario.
También empezamos a hacer beneficios para juntar fondos. Sabíamos que iba a llevar tiempo, pero el entusiasmo era muy grande.
Después me tocó viajar a Roma por un encuentro de obispos, y aproveché para presentar el proyecto. Incluso llevé la carpeta con el presupuesto y se la acerqué al Papa Francisco, quien me dijo que me iba a ayudar. Eso también fue un gran impulso.
Hoy el lugar ya está en marcha. Desde junio del año pasado viven allí 15 jóvenes en recuperación. Se recuperaron espacios: la casa donde viven, la capilla, la cocina, el comedor.
También se avanzó en la casa de retiros y se siguen haciendo mejoras: techos nuevos, baños, espacios para alojar gente.
Lo más importante es que ya está habitado. Eso le devolvió la vida.
La verdad es que es una maravilla todo lo que se logró en tan poco tiempo, con el entusiasmo, la fe, la oración y el trabajo de tanta gente. Hemos encomendado este proyecto a San José y a San Miguel, para que nos acompañen y nos ayuden a seguir adelante.
—¿Cómo funciona la comunidad Cenáculo que hoy vive en Gándara y qué propuesta ofrece a los jóvenes en recuperación?
Actualmente hay 15 jóvenes viviendo en la comunidad Cenáculo. No están acompañados por profesionales, porque ese no es el modo en que funciona esta comunidad. Ellos proponen un camino de rehabilitación de tres años y no se definen como comunidad terapéutica, sino simplemente como comunidad.
Fue fundada por la madre Elvira en 1983, en Italia, en Saluzzo. Ella falleció en 2023, pero su legado continúa.
La propuesta está centrada en la espiritualidad. Ellos están convencidos de que el problema de las adicciones es, en el fondo, un problema espiritual, y por eso proponen un camino de fe, donde Jesús es quien va obrando la sanación interior.
La vida cotidiana tiene una rutina muy marcada: se levantan a las 6 de la mañana, rezan el rosario, desayunan y luego trabajan. Tienen huerta, crían pollos, gallinas y conejos, mantienen el predio y también se organizan para cocinar.
Al mediodía almuerzan, luego rezan un segundo rosario, continúan con las tareas de la tarde, y al final del día rezan un tercer rosario y hacen adoración al Santísimo. Terminan la jornada alrededor de las 21.
Al ingresar, se les retira el celular y durante los primeros seis meses no tienen contacto con sus familias. Esto se hace porque muchas veces el entorno también está atravesado por dificultades, y un contacto prematuro puede llevar a que el joven abandone el proceso antes de tiempo.
Es una comunidad muy humilde, que se sostiene exclusivamente con donaciones. No se les cobra nada ni a los jóvenes ni a sus familias. Viven de la providencia, y realmente es asombroso cómo esa ayuda aparece.
Con el paso del tiempo, los jóvenes van teniendo más contacto con sus familias y se van reinsertando progresivamente en la sociedad. Al finalizar los tres años, reciben el alta y regresan a sus hogares.
Algunos incluso eligen hacer experiencias de misión en otros lugares del mundo, en comunidades que el Cenáculo tiene en países como Brasil o en África, trabajando con niños o en distintos espacios solidarios.
La propuesta es integral: no solo dejar una adicción, sino transformar la vida y el corazón.
Como en todo proceso, hay jóvenes a los que les va muy bien y otros que por momentos se van o recaen y vuelven. Pero es un camino muy valioso.
Además, se generó un vínculo muy lindo con la comunidad local. La gente los visita, los acompaña, les acerca donaciones, los invita a participar en celebraciones.
Es un proyecto que la diócesis ha asumido como propio. No es algo aislado, sino una iniciativa que fue abrazada por toda la comunidad.
Durante la semana reciben la visita de sacerdotes que celebran misa, y cuando hay jornadas de trabajo en Gándara, los jóvenes también participan y comparten con todos.
La verdad es que se viven momentos muy lindos.
—En lo personal, ¿qué te genera ver este proceso de reconstrucción en los jóvenes que hoy viven en Gándara?
Me genera una profunda alegría. Ver a una persona reconstruir su vida a partir del trabajo, la convivencia y la fe es algo muy fuerte.
También tiene mucho que ver con la inclusión: que estos chicos vuelvan a ser parte de la sociedad, que ya no queden excluidos, sino que se integren, que formen parte de nuestra comunidad, de nuestra diócesis.
Y esa interacción entre la gente de las parroquias y ellos es algo muy valioso.
El mismo lugar, Gándara, es un símbolo. Así como estaba en ruinas, también lo estaban sus vidas. Habían sido, de alguna manera, vandalizadas por la droga. Nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu Santo, había sido como usurpado.
Y, sin embargo, todo puede reconstruirse. Siempre hay una nueva oportunidad. No hay nadie que esté perdido definitivamente.
Gándara y la vida de estos jóvenes son un testimonio muy claro de que todo puede ser redimido, todo puede ser reconstruido. Y eso es algo hermoso.
En lo personal, me da mucha alegría y también orgullo, pero entendiendo que es algo comunitario. Yo, a lo sumo, fui quien empujó un poco, el que insistía.
Es un proyecto que nos unió mucho como diócesis, como familia. Nos hizo sentir parte de algo común.
Las jornadas de trabajo, ver gente de distintos lugares participando, colaborando, compartiendo… eso es algo realmente maravilloso.
Sentirnos todos embarcados en una misma causa es una de las mayores satisfacciones.
—Este proyecto combina lo espiritual con lo social: la recuperación de un espacio histórico, el acompañamiento a jóvenes y el trabajo comunitario. ¿Qué importancia tiene para vos este tipo de iniciativas en el contexto actual?
Creo que muestran que cuando hay voluntad se pueden hacer muchas cosas. Tenemos que dejar de lado las diferencias que a veces nos dividen y apostar a lo comunitario.
Yo lo veo también en otros ámbitos, incluso en la política: cuando realmente se quiere, se pueden lograr proyectos importantes. A veces se dice que “querer es poder”, y si bien hacen falta recursos, cuando la gente ve que algo funciona, que no hay protagonismos individuales sino una mirada colectiva, eso entusiasma.
Y más aún cuando empiezan a verse los frutos. Eso contagia, moviliza.
Lo más lindo es cuando todos se sienten parte y cada uno aporta lo suyo. Hay gente que viene con una planta para donar, otros con ideas, otros con materiales. Todo suma.
Tenemos incluso un grupo de WhatsApp con más de 500 personas, donde vamos compartiendo los avances, las necesidades, las jornadas de trabajo. Y la respuesta es increíble: si hace falta algo, entre varios se organizan y lo consiguen.
Por ejemplo, los vitrales de la iglesia: cada comunidad parroquial se hizo cargo de uno. Eran siete, y cada uno tenía un costo importante. Sin embargo, cada parroquia se organizó y logró reunir el dinero para restaurarlos.
Esas cosas son maravillosas.
Por eso creo que los proyectos integrales, que unen lo espiritual y lo social, son muy importantes hoy. Porque integran miradas y permiten que todos puedan aportar desde su lugar.
Y eso genera comunidad, genera pertenencia.
—¿Qué mensaje te gustaría dejarle a la comunidad de Maipú?
En primer lugar, felicitarlos. La verdad que cómo la comunidad siguió adelante a pesar de no tener un sacerdote estable es algo muy valioso.
Si bien, gracias a Dios, no faltó la misa los domingos, tuvieron que adaptarse a los horarios que se podían, y durante la semana no había sacerdote. Sin embargo, se pusieron la fe al hombro, y eso me parece un gran ejemplo.
También destaco la comprensión. Nadie vino a reprochar ni a quejarse, al contrario: siempre hubo agradecimiento hacia los sacerdotes que vamos y hacemos el esfuerzo para acompañarlos. Eso es muy lindo.
Y también es una oportunidad para descubrir que la comunidad puede. A veces somos un poco “cura-dependientes”, y está bueno darse cuenta de que hay muchos dones y talentos en la comunidad, y que hay que animarse a ponerlos en juego.
Es importante dejar de lado las tensiones que a veces pueden surgir y apostar a lo comunitario. Y, sobre todo, tener a Dios en el centro. Porque cuando uno pierde de vista eso, aparecen las confusiones y los problemas. Pero cuando todo se hace por Jesús y para Jesús, todo cobra sentido.
Por eso, animarse a seguir adelante con entusiasmo en esta misión.
Y también aprovechar para invitarlos al 16 de mayo, a la asamblea parroquial, donde vamos a compartir todo lo que surgió de la misión de la escucha realizada durante abril. Será de 15 a 20 horas, un momento fuerte para encontrarnos como comunidad y seguir fortaleciendo la misión de llevar a Jesús a todos los hogares de Maipú y Guido.
Un abrazo, y gracias por la paciencia, por el compromiso y por el ejemplo de fe de tantos hermanos de la comunidad. Un saludo grande para todos.
La palabra de Juan Ignacio Liébana deja una mirada amplia y cercana sobre su vocación, su tarea pastoral y los desafíos actuales de la comunidad, con un mensaje centrado en el compromiso, la fe y el trabajo compartido.