Por: Nancy Gramigna
En Maipú hay historias que no necesitan presentación. Viven en las calles, en la memoria colectiva y en esos lugares que han sabido mantenerse en el tiempo. La tienda Blanco y Negro es uno de ellos: un comercio que supera el siglo de vida y que forma parte del pulso cotidiano del pueblo.
Sus orígenes se remontan a la década de 1922, cuando en ese mismo espacio funcionaba una mueblería. Tras su cierre, se instaló la tienda Blanco y Negro, que en sus primeros años perteneció a una cadena. Sin embargo, hacia 1925, el rumbo cambió: Pablo San Diego, quien había llegado como encargado, terminó quedándose con el negocio junto a su esposa, María Luisa Jiménez de San Diego, recordada como una figura clave en la consolidación del comercio.
Años más tarde, un joven César ETchelet comenzaría a escribir su propia historia en ese mismo lugar. En sus inicios fue empleado, pero en un momento decidió irse a trabajar a Río Gallegos. Sin embargo, el destino tenía otros planes.
“Yo no quería volver —recuerda—, pero la señora fue a hablar con mi mamá y le dijo que yo tenía condiciones para sacar la tienda adelante”. Con poco más de 20 años, tomó una decisión que marcaría su vida para siempre.
Desde entonces, su historia quedó unida a la de Blanco y Negro. Junto a su compañera Susana —a quien define como “un baluarte”— no solo sostuvieron el negocio, sino que lo hicieron crecer con esfuerzo y visión.
Durante años recorrieron el país en busca de mercadería. Viajaban al norte y al sur, visitaban pequeños pueblos, compraban directamente a productores. “Iba a pueblitos detenidos en el tiempo, compraba lazos, bozales… y traía el auto cargado”, cuenta. Aquellos viajes eran trabajo, pero también aprendizaje y vínculo.
Ese contacto directo le permitió desarrollar un conocimiento profundo del oficio. Desde las telas hasta el calzado, cada detalle fue incorporándose con la experiencia. “Hay cosas que solo se aprenden trabajando”, resume.
Hoy, uno de los pilares del negocio sigue siendo la ropa de trabajo. “Eso no se deja de vender —explica—. Las empresas tienen que dar pantalones, botines… y todo eso lo tenemos”. Sin embargo, también reconoce los cambios constantes: “Antes era un pantalón común, ahora son elastizados, con bolsillos… y todo va cambiando”.
A lo largo del tiempo, la tienda construyó algo más que ventas: generó confianza. Durante décadas, las cuentas corrientes y el trato cercano fueron parte esencial del vínculo con los clientes. “Capaz perdía un dos por ciento —dice—, pero el resto lo ganaba. El pueblo es responsable”.
Esa cercanía se refleja en una frase que sintetiza su trayectoria: “He atendido a cinco generaciones”. Abuelos, padres, hijos y nietos pasaron por el mostrador, convirtiendo a Blanco y Negro en un espacio donde la historia se transmite de persona en persona.
Sostener un comercio durante tantos años en un país inestable no fue sencillo. “Todos los años fueron difíciles”, afirma. Sin embargo, la clave estuvo en la responsabilidad, en ofrecer buena mercadería y en adaptarse a los tiempos. “No hace falta que entren cincuenta personas; con que entren treinta, la tienda se sostiene”.
El esfuerzo también se reflejaba en su rutina. “Entraba a las siete de la mañana y me iba a las diez de la noche”, recuerda. Hoy, a sus 85 años, sigue yendo todos los días, aunque desde otro lugar, acompañado por su familia y por las nuevas generaciones que continúan el trabajo.
“Estoy muy acompañado”, dice, destacando el rol de sus sobrinos y de los jóvenes que hoy sostienen el presente del negocio.
Al mirar hacia atrás, César no duda: “Maipú me dio todo. Me vio nacer, crecer, desarrollarme. Me dio amigos, familia, todo”.
Más que una tienda, Blanco y Negro es parte de la identidad de Maipú. Y en la historia de César ETchelet se refleja algo que va más allá del comercio: el valor del trabajo, la confianza y los lazos que construyen comunidad.
GENTE DE MI PUEBLO
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