Por: Nancy Gramigna
La Colonia Ortiz Basualdo aparece en el recuerdo de José Luis Stefani no como un simple establecimiento, sino como una verdadera comunidad que funcionaba con lógica de pueblo, con vida propia, organización interna y una intensa dinámica social, educativa y laboral.
“Era como un pequeño pueblo. Éramos una gran familia”, definió, al reconstruir la experiencia de haber crecido dentro del predio junto a otros hijos de empleados y menores que residían allí.
Stefani recordó que su llegada a la colonia se dio en 1973, cuando su familia fue incorporada al establecimiento por vínculos laborales previos. Desde entonces, su vida cotidiana quedó dividida entre la colonia y la ciudad de Maipú, donde cursaba sus estudios secundarios.
“Disfrutabas todo el día del instituto y después venías a diario a la escuela acá", explicó.
Dentro del predio, la colonia contaba con una estructura completa: hogares organizados por edades, iglesia, enfermería, escuela, comedor, cine, pileta de natación, vivero, granja y múltiples espacios deportivos. “Había cuatro canchas de fútbol, pileta, cine, iglesia… era una actividad permanente”, recordó.
El funcionamiento interno también incluía una importante red productiva. Los menores y empleados participaban de tareas en granja, tambo, carpintería, hojalatería, vivero y apicultura, entre otras actividades. “Todo lo aprendían ahí. Era formación y trabajo al mismo tiempo”, señaló Stefani.
La producción incluso abastecía a otras instituciones. “La colonia producía alimentos y abastecía a Ferrari y al Instituto Unzué de Mar del Plata”, detalló.
El relato también puso en evidencia la complejidad social del lugar. Muchos menores llegaban por situaciones de abandono, vulnerabilidad o decisiones judiciales, y atravesaban procesos de adaptación dentro de un sistema organizado por hogares según edades y necesidades.
“Había chicos que no tenían contacto con sus familias o que ni siquiera conocían su historia. Otros eran reintegrados con el tiempo”, explicó.
Stefani destacó además el fuerte vínculo humano que se generaba entre empleados, menores y familias convivientes. “Nosotros compartíamos todo: la comida, el deporte, la escuela, la vida diaria. Era una convivencia permanente”, afirmó.
El deporte ocupaba un rol central dentro de la colonia. Muchos jóvenes se destacaban en fútbol, atletismo, básquet y vóley, y algunos llegaron a competir en clubes de la región e incluso en niveles superiores. “Había chicos con un nivel impresionante. Algunos jugaron en clubes de Maipú y otros trascendieron”, recordó.
También remarcó el sentido de pertenencia que generaba el lugar. “Cuando llegaba una familia nueva, era un acontecimiento. Se generaban vínculos muy fuertes, amistades que todavía hoy se recuerdan”, señaló.
La arquitectura del predio fue otro de los aspectos destacados en su testimonio. Stefani describió la colonia como una construcción de gran escala, con estilo inglés, galerías conectadas y un diseño funcional adelantado para su época. “Podías caminar todo el complejo sin mojarte un día de lluvia. Era una obra impresionante”, afirmó.
A lo largo de su relato, también aparecieron nombres de familias, empleados y vecinos que formaron parte de la historia cotidiana del lugar, reflejando el entramado social que caracterizaba a la colonia. “El que vivió ahí adentro no se quiere ir nunca. Tiene una energía especial”, resumió.
Finalmente, Stefani evocó una escena que sintetiza el impacto emocional que el lugar dejó en quienes lo habitaron: el regreso de un hombre de 80 años que, habiendo crecido allí, volvió décadas después solo para despedirse.
“Me crié acá, la vida me dio la oportunidad de ser médico y vine a despedirme”, recordó como cierre de una historia atravesada por la memoria, la identidad y el arraigo.
Entre recuerdos de infancia, vida comunitaria y experiencias compartidas, emerge la idea de un lugar que, más allá del tiempo, sigue presente en la memoria y el afecto de toda una generación.